Cedro acaba de decirnos algo patético: que el 30% de preadolescentes, adolescentes y jóvenes se emborracha dos veces por semana. Muchísimas familias sufren: tienen un alcohólico y, a veces, al padre y al hijo.
Se es adicto para compensar las carencias muy
tempranas, de la etapa oral –de cero a dos años–, donde la madre no
controla sus impulsos: se altera cuando el hijo no hace lo que ella
desea y rápido; la mayoría fue humillada con golpes, insultos o
abandonos y repite su historia o permite que el ogro de la casa asuste a
sus niños y a ella misma.
El alcohol les permite descargar lo que no se
expresó siendo pequeños; reclaman a la pareja –o a la vida– lo que no
recibieron siendo infantes. Y, para colmo, existe un Estado ausente y
perverso: no limita su publicidad porque le da ingresos; permite que se
usen los emblemas nacionales –que van desde la bandera hasta los
monumentos históricos– en la euforia popular por un gol.
Tiene razón el doctor Carlos Bromley,
director de Salud Mental del Ministerio de Salud, cuando dice que las
familias se alcoholizan por cualquier festejo. Las discotecas contratan a
universitarios para que lleven a sus compañeros a estos locales, ¿para
qué? ¡Ah!
Hay incesante promoción de los licores en todos los medios, como si fuera algo normal. Billetera manda. ¡Viva la borrachera!

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